Desde hace un par de días la ciudad anda ansiosa por su llegada. No se lo ha dicho a nadie, pero su corazón no está bien. Es un secreto a voces que sólo comparte con aquellos que desean escucharla cuando el sol le echa cerrojos a la tarde; con el paso de los siglos ha perdido el miedo a contar a qué saben sus lágrimas, y de vez en cuando suelta algunas para calmar así a su soledad. Cuentan que cuando en el cielo alguien se pone a dibujar nubes de pegatina junto a la cúpula de la Iglesia de la Victoria, le han escuchado decir que le gustaría ser libre… Libre para corretear descalza por sus propias calles y juguetear en cualquier plaza con las hojas caídas del calendario de la espera. Libre para proteger su piel de los primeros escalofríos callados y saber a qué sabe un abrazo cuando la voz enmudece. Libre para ir a buscar los cimientos de sus fronteras y dar r...