Conservo en una de las estanterías de mi casa una caja de zapatos donde suelo acumular recuerdos, fotografías, miradas,… huellas al fin y al cabo por donde mi voz en algún momento clavó sus talones y donde algunas lágrimas aún esperan ser enjugadas para que el viento las seque. Es una simple caja de cartón, de esas que el tiempo modela con sus yemas en forma de humedad y a donde me gusta acudir cada vez que miro hacia atrás y la niebla me impide ver cuál es mi destino. Y quizás el destino, ese que a veces maneja sus hilos al antojo de otros, haya tenido la culpa de que hace unas horas haya vuelto a abrirla. Necesitaba aspirar ese olor a rancio, absorber esas arrugas que han hecho de mí el hombre que hoy soy, inhalar ese aire que aún conservan los sueños cuando sus reflejos siguen envueltos entre papeles de celofán y nostalgias, y pasear, vagar, caminar de puntillas por esos trazos perfilados al caer los años y verle la cara a esa vieja aspiración que en su día tuve d...