La conozco desde hace años y sé, por sus ausencias, que no anda demasiado bien. No me lo quiere confesar por temor a romper sus murallas cimentadas en cristal, pero lleva unas semanas con la angustia y la tristeza envolviendo sus alientos. El último revés que la vida le ha dado ha sido desmedido, siente que le ha pillado ya mayor, casi sin fuerzas, y la esperanza a que esta situación cambie la está consumiendo poco a poco. Apenas come. Apenas habla. Apenas duerme. Se pasa las tardes rumiando sobre una butaca preguntas que atraviesan sus dudas. Deshoja entre sus dedos el anhelo de retorcer el tiempo para que éste empiece a corretear de nuevo. Se castiga con cada sollozo, y de tanto flagelarse se ha llegado a creer que la culpa en esta historia sólo la ha tenido ella. En la distancia que nos une me la imagino arrastrando sus pies al maquillarse la luna, ...