La luz que envuelve mi habitación una mañana de domingo tamiza mis recuerdos, mis fobias, mis sueños. Se cuela por la ventana, con la cabeza agachada, acariciando cada latido, cada victoria, cada derrota que se dibuja en los garabatos de mi memoria. Al mirarla cara a cara, la sombra que perfila sobre mi mesa me hace ver aquello que un día fui, aquello que actualmente soy y barrunta, sin decirme nada, aquello que algún día seré. A medida que el tiempo va ganándole terreno al minutero, esa luz busca acomodo entre los lomos de mis libros, entre las añoranzas de mis fotografías, entre las hojas tintadas de quimeras, hasta que se posa en un viejo espejo, recubierto éste por arrugas y por moratones. Es en ese espejo, cómplice de mis correrías y aliado de mis secretos, donde se van enmarcando mis días de vino y de rosas; días en los que las musas se arremolinan entorno a mis suspiros; días en los que la felicidad me pide cons...