Antes de salir de casa, con su túnica de Jesús abrigando su maltrecho cuerpo, apagará las luces de su dormitorio, se acercará a la mesa del salón donde días atrás colocó el pequeño dibujo que uno de sus nietos le hizo del Nazareno que duerme en Cristina, se lo acercará a sus labios y prenderá en Él un nuevo beso, sabiendo que éste ritual lo repetirá cada vez que baje a comprar el pan o se acerque a la parroquia del barrio, cuando quiera ponerse a bien con Dios. Eso, si las piernas no se le hinchan y por las ventanas escucha la sonrisa de nubes blancas que juguetean por los cielos. Al dejarlo de nuevo en su sitio, por unos instantes el tiempo se detendrá, y clavando su mirada en la mirada de Él, en la mirada de su “pequeñito”, -como a su madre le gustaba llamarlo-, y sin pronunciar palabra alguna de nuevo le pedirá, de nuevo le rogará, de nuevo le suplicará para que se acuerde de ella, para que no la tenga en el olvido, y esperará que las fuerzas no le abandonen esa noche y p...