lunes, 30 de septiembre de 2013

Otoño, seas bienvenido

              
               Desde hace un par de días la ciudad anda ansiosa por su llegada. No se lo ha dicho a nadie, pero su corazón no está bien.

Es un secreto a voces que sólo comparte con aquellos que desean escucharla cuando el sol le echa cerrojos a la tarde; con el paso de los siglos ha perdido el miedo a contar a qué saben sus lágrimas, y de vez en cuando suelta algunas para calmar así a su soledad.

Cuentan que cuando en el cielo alguien se pone a dibujar nubes de pegatina junto a la cúpula de la Iglesia de la Victoria, le han escuchado decir que le gustaría ser libre…

Libre para corretear descalza por sus propias calles y juguetear en cualquier plaza con las hojas caídas del calendario de la espera.

Libre para proteger su piel de los primeros escalofríos callados y saber a qué sabe un abrazo cuando la voz enmudece.

Libre para ir a buscar los cimientos de sus fronteras y dar respuesta a tantos por qué que se pierden entre la piel de sus labios.

 A veces, cuando centenares de extranjeros la miran con asombro y sorpresa, se acurruca entre las tapias de la lejanía para escuchar historias donde ella es la única protagonista; una vez estuvo a punto de pedirle prestada la mirada a un alemán que partió de aquí con el cuello dolorido de tanto mirar hacia arriba.

Ella daría lo que no tiene para que los de aquí la miraran con el rabillo de aquellos ojos forasteros que tanto bien le hicieron aquella tarde; yo daría lo  único que tengo -mis pies, mi sombra y mi historia- para volver a perderme por entre las costuras de una ciudad que vale más por lo que calla que por lo que otorga, y ganarme al fin la palabra jerezano. 

Querido Otoño, ayúdame a conseguirlo.