viernes, 6 de septiembre de 2013

A solas...


             Cuando se oyeron en la calle los últimos pasos del mayordomo buscando éste el descanso de su hogar, a esos de las dos de la madrugada, en la Iglesia del discípulo de Pablo se hicieron las miradas y se escucharon los ecos de los latidos a contratiempo.
En la oscuridad de aquellas naves reinó desde ese instante el silencio, aquel convidado de piedra que tendió sus manos arrugadas a todos aquellos que no se atrevieron a hablar, a aquellos que no sabían que decir, a aquellos que no alzaron la voz por el miedo a ofender a la historia, esa que se perfilaba en los rostros de dos vírgenes encontradas en sus advocaciones.
Fue en ese instante cuando Dolores tendió sus dedos para que Esperanza se aupara a su altar; fue en ese instante cuando Esperanza le tomó del brazo para acurrucarse sobre su pecho.
Lo que ambas se dijeron en esos momentos sólo lo saben los alfileres de sus pecherines, los rosarios que colgaban de sus muñecas, los dobleces de sus rostrillos,...
Quisieron que se reencontraran con su pasado, y Ellas se prestaron a ello.
Quisieron vestirlas como antaño, y Ellas no pusieron pega alguna.
Quisieron que se pasearan de puntillas por sus recuerdos, y Ellas asintieron silentemente.
Pero lo que nadie contó fue con que a Ellas no le hace falta recorrer los repelucos de San Lucas para buscarse en los espejos del tiempo, esos que adornan las leyendas de los más viejos del lugar, pues sobre sus lagrimas de porcelona siguen ancladas las promesas, los avemarias, los rezos a escondidas de aquellos que cuentan sus años por Magrugadas y Miércoles Santos.
A solas, en la oscuridad de ese templo que aun no quiere despertarse de un sueño restaurado en cada padrenuestro, ambas se contaron todo, ambas se dijeron de todo, ambas se desnudaron ante todos,... pero nadie sabrá lo que ambas se confesaron.
Aquí comenzó todo...