jueves, 11 de julio de 2013

Volver a estudiar


             Como ya he contado alguna que otra vez, yo me hice maestro cuando el destino me indicó el camino a base de guantadas sin manos y consejos inesperados que tardé algún tiempo en lograr descifrar; ya ven, para muchas cosas soy algo cabezota, sobre todo cuando se trata de darme a mí mismo un resquicio con el que poder vivir.

Pero lo que el destino no me confió aquella tarde es que para sentirse realizado y obtener una oportunidad para poder dar clases y poner sobre la mesas todos mis conocimientos -pagados con becas estatales-, iba a tener que sortear tantas trabas y tantos silencios. 

Sinceramente, este año he perdido la cuenta. La cuenta y las ilusiones.

Quizás sea el destino el que me está hablando de nuevo y tampoco sirva para esto. 

Quizás me lo está diciendo con la boca pequeña y sin querer mirarme a los ojos.

Pero tras muchos meses de pasarlo mal, de no dormir, de ver cómo mi aire se comía las lágrimas por la impotencia que uno siente al escuchar una cosa un día, y lo contrario al día siguiente, he tomado una decisión, firme y concisa, y con la libertad que me dan ustedes, la voy a compartir aquí.

Le pese a quien le pese, es momento de luchar, de pelear, de combatir hasta que no me queden fuerzas en las alforjas de mis retinas.

Llegados a este punto no me queda otra para demostrarme a mí mismo quien soy sin tener que mirarme en los espejos de un curriculum que algunos despreciaron; bajo la piel que me cubre cada día aun late un corazón cuando se oculta el sol.

Y aunque siga quitándome de en medio para que la sangre no se me caliente al llegar a la boca; y aunque siga guardando silencio para que mi voz no me delate; y aunque siga esperando esa llamada que cambie mi vida por completo, ahora seré yo el que escuche el consejo que a todos mis alumnos siempre les doy: “cómete los libros y demuéstrame quien eres”.   

Veía lejano el momento de tener que volver a sentarme tras una mesa y ponerme a estudiar, de llevar una maleta con folios, cuadernos y lápices, de levantarme temprano y sentir el frio de la mañana, pero las circunstancias que rodean mis latidos son las que mandan, y ahora por lo visto tengo que saber bombear sangre en inglés.

No culpo a nadie. El rencor no tiene cabida en mis bolsillos, y quizás la culpa de todo esto fue solo mía al acomodarme y pensar que con dos carreras ya sería suficiente reclamo para que se fijaran en mí, pero no pasa nada, he aprendido la lección.

Y esta vez voy a disfrutar estudiando, me voy a aprovechar de lo que tengo, de lo que soy y seré; será mi manera de devolverles a los míos la confianza que de nuevo han depositado en mí, y quien sabe si en un par de meses consigo que su Majestad el Rey sienta envidia también de mí.