lunes, 29 de julio de 2013

Cuando no hay palabras



Uno cae en la cuenta de que los bolsillos de la cintura van pesando más de lo debido cuando las velas de los cumpleaños apenas pueden soplarse.

Con los años vamos acumulando golpes, bofetadas, estrías alrededor de nuestra cintura cuya única función es ayudarnos a descubrir la verdadera cara oculta de la vida, ese regalo del que no somos dueños y que viene envuelto entre lágrimas de cristal.

Apenas le hacemos caso a estas cosas, pero nuestra piel es más frágil de lo que en el fondo es.

Podemos hacernos fuertes ante los insultos, podemos pisar la cabeza del que ose hacernos daño, podemos ignorar con nuestro silencio al que nos echa de menos,… pero en el fondo lo que estamos haciendo es proteger nuestra piel, nuestros latidos, nuestra vida, ocultando que somos seres débiles, tiernos, rompibles.

Y nuestra piel, nuestro latido, nuestra vida se nos rompe en el momento más inesperado, en el momento más inoportuno, en el momento más brusco, dejando cicatrices a nuestro alrededor que jamás se recompondrán.

Como aquellas que tardarán en brotar en los familiares de los que iban en ese tren que ha descarrilado por la insensatez de la velocidad; o la que acunó esa llamada que dijo, tras un quebrado susurro “todo se ha consumado”; o la tragedia que están asimilando esas dos familias cuando la otra tarde ni siquiera pudieron decirles adiós a los que más querían.

Pero es ahí, cuando todo pierde su sentido, cuando la locura abraza los gritos, cuando uno cree caminar por el abismo de la sinrazón cuando tu voz es más que necesaria, aunque sea desconocida, aunque pienses que no reconforta, aunque esté llena de dudas, de cansancio, de dolor,… porque eres el portador de la única Palabra que tiene sentido en todo esto.


Porque, cuando no hay palabras, las tuyas son más que necesarias amigo Pater.