Crecí con la frase esculpida a fuego en los labios de algunos maestros y admirados escritores que dice aquello de que un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla. Cada vez que la escucho me acuerdo de aquel profesor de Historia al que le dije que los pueblos pasan olímpicamente de su propia historia y lo que menos le gusta hacer a un sociedad es girar su cabeza para ver el camino que va dejando tras de sí. Quince años después sigo firme en mis convicciones. La prueba la tengo en la efemérides que se celebra hoy, ya que estoy seguro de que pasaría inadvertida para la mayoría de nosotros si no fuera por el bombardeo que los medios de comunicación le darán desde primera hora de la mañana. Supongo que a algunos estamentos de poder les interesará que no nos olvidemos lo que pasó aquel 23 de febrero del año 1981, pero permítanme que me quede con lo esencial: los gritos de Tejero y los disparos que aún se conservan en el Congreso de los Diputados. ...