Buceando estos últimos días de cuaresma entre las leyendas y los mitos que cuentan sobre las gentes del sur y nuestra peculiar manera de vivir la vida, me ha venido a la cabeza aquella vieja historia que mi abuela me contaba sobre los vientos y las veletas. Solía relatármela cuando la primavera caminaba aun de puntillas sobre el mes de marzo, en ese instante en el que las horas del mediodía iban a buscarse al espejo de la gracia para ajustarse su traje de cortejo con el que comenzar a alterar los corazones más apocados. La abuela Teresa acomodaba sus arrugas sobre su cansado hábito carmelita para dibujarme, sobre los ejes cartesianos de su delantal de cuadros, cómo los vientos del lugar iban robándole besos y caricias a unas veletas que giraban desesperadamente sobre sus propios ejes intentando desanclarse de sus forjados destinos. Según ella me contaba esta era la manera que tenía la brisa de rellenar sus alforjas de recuerdos ...