lunes, 5 de agosto de 2013

Se equivocó



               Se equivocó el de la Gaviota
               Se equivocaba.
               Por ser del Norte, y no del Sur,
               Por confiar en él y no en Bárcenas,
               Se equivocaba
               …
Sucedió el pasado 1 de agosto.
La canícula veraniega comenzaba de nuevo a asomarse por las ventanas de nuestra malherida Hispania, cuando el Presidente del Gobierno, ese buque insignia que navega por los mares de Europa con mano firme y germana, tuvo el detalle de mostrarse ante su pueblo para ponernos los puntos sobre las íes.
A sabiendas del día que era, cuentan las crónicas que se despidió de Elvira prometiéndole que “a eso del mediodía todo habrá acabado cariño. Pronto estaremos en el pazo de Doñana; estate atenta al móvil, y cuando te dé un toque, me esperas en la puerta”.
Dicho y hecho.
A eso de las doce la familia Rajoy se ponía en carretera, con la música del Kiss FM de fondo y el colmillo relamido de Mariano reflejándose en el espejo retrovisor.
Y mientras esto sucedía, el resto del pueblo español, ese que se tiene que agachar si ve un céntimo de cobre en el suelo para poder llegar a fin de mes, tiene que seguir chupándose el dedo ante sus mentiras y su poca vergüenza, quedándose con un fin de la cita como única moraleja de su comparecencia en público.
Para eso, señor presidente, mejor no haber venido.
Para eso, señor presidente, déjenos a solas con nuestra soga al cuello.

Para eso, señor presidente, vaya a un psicólogo y supere de una puñetera vez sus complejos de inferioridad y sus problemas de confianza en los demás.
Como ser humano, claro que se puede equivocar, y claro que puede rectificar, y claro que puede marcharse,…
Habría sido más rentable que se hubiese usted pasado por el plato del Sálvame y que se hubiera sometido al polígrafo; total, sus diputados le hubieran aplaudido igual.