El Feng Shui



Tengo algunos amigos que cada vez que empiezan una nueva etapa en su vida la inauguran con un nuevo corte de pelo, se compran unos zapatos cómodos para seguir desgastando el camino o hacen borrón y cuenta nueva embadurnando todo su alrededor con lágrimas y clínex. Confiesan que es la única forma que tienen de limpiarse por dentro y por fuera.  
En mi caso, cada vez que necesito hacer tabula rasa con algún aspecto de mi vida suelo cambiar los muebles de sitio.
Después de diez años, sé de sobra con cual me dolerá la espalda tras desplazarlo y dónde se localizan los tornillos pasados y mohosos. 
Es algo que además de relajarme, de renovarme y de sosegarme, me permite girar la cabeza hacia atrás, desprenderme de aquello que ya no suelo utilizar y rebuscar el reflejo de lo que soy en los recodos de mis logros y mis fracasos: ahí es donde me doy cuenta de hasta donde he sido capaz de llegar.
Es lo que algunos chinos denominan el Feng-shui, un “ancestral sistema que se basa en la existencia de un aliento vital cuyo flujo se ve modificado por la forma y disposición del espacio, las orientaciones y los cambios temporales.”
Por tanto ahí radica el motivo para seguir rodeando mis latidos con el aliento de mis libros, esos compañeros de viaje que, de manera callada, siempre han estado a mi lado, bordeando mis días, velando mis noches, cogiendo polvo y humedad, y sin mostrarse nunca esquivos a acogerme entre sus brazos a través de sus letras.
Quizás por eso me resista tanto a sustituirlos por uno de esos e-books, por muchas prestaciones, títulos y pantallas anti reflejantes que me puedan ofrecer, puesto que las mudanzas durarían un suspiro. 
Y ahora yo me pregunto: ¿cada vez que mi madre me recogía el cuarto también estaba haciendo Feng-shui?