domingo, 8 de noviembre de 2015

Querida vida:


Este escribano de barro te escribe hoy esta carta a pesar de tener los rezos desgastados, los sueños remendados en esperas y el tarro de la esperanza a punto de acabarse.

Llevo algún tiempo juntando letras en un rincón del aire, y hoy voy a coser con mis dedos unos cuantos garabatos de grafías para revelarte un secreto que llevo años queriéndote confesar.

Y no es otro que decirte que de entre todos los tesoros que a lo largo de mi vida he ido acumulando sobre las alforjas de mis recuerdos, el que conforma ella es -sin duda alguna-, el mayor de todos los que tengo.

Allá donde mis silencios se apagan, ella con una mirada los enciende.

Allá donde los miedos se desperezan, ella con una simple sonrisa los ahuyenta.

Allá donde las fuerzas me agotan, ella -con sólo caminar descalza sobre mi piel-, consigue insuflarme alientos.

Ella es el aire que necesito para seguir respirando tras cada puesta de sol, ella es ese abrazo que busco cuando tengo frío, ella es el mejor  remedio para aquellos males que de vez en cuando se visten con lágrimas de impotencias.

Compañera, amiga, confidente,…

Quiso fijarse en mí un día, y desde entonces la felicidad la escribo con la tinta de su nombre,… ese que se resbala por mis labios al despertarme cada mañana,… ese que echa las llaves a mis sueños cuando acomodo mis cansancios a una almohada.

Querida vida, a pesar de que entre tú y yo existen demasiadas batallas perdidas, demasiados nombres ausentes y demasiadas preguntas huérfanas de respuesta, jamás podré agradecerte ese guiño que me pusiste hace años en mi camino; tengo la certeza absoluta de que mis pasos jamás caminaran sólo, que mi soledad a duras penas sobrevive y que mis huellas se anclarán por siempre a las suyas.

Querida locura, cuánto bien me hace tenerte cerca de mí.