viernes, 21 de junio de 2013

Un poco más.



Llego hoy viernes hasta este folio en blanco sin un tema recurrente con el que sorprenderme, y así sorprender, a esa audiencia literaria que con tanta persistencia invito a que se dé una vuelta por mis escritos.

Tengo que reconocer -y desde esta columna lo reconozco-, que soy un escribano que jamás ha escrito en paleta, pero estoy seguro que de haber nacido en la época de los faraones estaría todo el día repartiendo tablillas a la puerta de palacio con mis pensamientos y mis desvelos.

Pero hay que aprovecharse de las oportunidades que la vida nos va ofreciendo a cada instante, de las manos que nos tienden aquellos que ni siquiera saben cómo suena el timbre de nuestra voz, de la confianza que nos envuelve un simple guiño aunque jamás nos hayamos visto la cara.

Por eso, cada vez que nace un nuevo artículo bajo el suspiro de mis pulsos utilizo todos los medios que están a mi alcance para buscar la complicidad de aquellos que me imagino que algún día serán mis lectores.

Y lo hago no para buscar su aprobación o su desprecio, sino con la única intención de compartir ese sueño al que no pienso renunciar por muchos obstáculos que me sigan poniendo en mi camino; gracias al mismo puedo mantener a flote la quimera de aquel niño que miraba a la luna y deseaba contar lo que sucedía tras su cara oculta.  

Por eso hoy, antes de ser original y buscar en cualquier telediario o teletexto algo con el que alimentar este rinconcito, me van a permitir que desabroche mi alma para que a través de mis letras se me conozca un poco más, y de esta forma pueda cincelar la palabra gracias con mi sello y mi firma. 

Siempre que escribo intento poner en una balanza lo que me dicta el corazón y lo que me sugiere mi cabeza, y al final el que marca los latidos de mis huellas es el que se alza con el triunfo. No siempre ha salido victorioso de esta cruzada, pero a medida que uno va soplando velas va escuchando silencios que bien merecen ser guardados.

Escribo porque cuando junto palabras siento la libertad cabalgar por las orillas de las ideas; escribo porque a través de los espacios puedo dar rienda suelta a mi imaginación, ese volcán que debería estallar más a menudo; y escribo porque gracias a la escritura, voy escribiendo mi propia verdad. 

De ahí que me ilusione con cada comentario que recibo, con cada mensaje que acomodo en la retina de los recuerdos, con cada frase de aliento o desaliento que voy anudando a mis bolsillos, porque eso significa que has querido entrar en el salón de mis frases y párrafos y te has detenido en ver si los cuadros de mis tildes están o no doblados.


Y recuerda: si alguna vez has estado cómodo en ese salón, no cierres la puerta de golpe hasta que no tome nota de tu nombre; quisiera decorar las paredes con tu sonrisa y darte las gracias cada vez que te escuche sonreír.