lunes, 24 de junio de 2013

Selectividad



              A lo largo de esta semana pasada, miles de jóvenes se han disputado su futuro más próximo teniendo como rival a los exámenes de la tan temida - y entrañable-, selectividad.

Admito que guardo un grato recuerdo de esos tres días en los que me jugué mi vida académica, aunque finalmente recibiera la primera guantada sin manos cuando leí las notas y ¡¡¡por 3 centésimas!!! me quedara fuera de ver cumplido mi sueño de ser corresponsal de guerra.

Durante años he despreciado el número 3; quizás fuera por eso.

Hoy, con la distancia - y con el nacimiento de algunas canas sobre mi pecho-, cada vez que alguien se asoma al trámite de enfrentarse a resolver su futuro en base al maridaje de conocimientos adquiridos y/o conocimientos  memorizados, les confieso que selectividad es el perfecto idilio entre leyenda y realidad.

Leyenda que se agranda porque durante  dos cursos escolares directores, profesores y padres van insuflándote el miedo en las venas para que, bajo una letra legible, unos márgenes adecuados y una capacidad de síntesis fuera de lo común, tu futuro quede resuelto a una simple nota sin que apenas hayas mudado la piel de la adolescencia con cicatrices y desamores.

Y una realidad que no hace otra cosa que demostrar que el sistema educativo gotea también por este filtro, pues con los años no ha variado ni un ápice ese esperpento de selección “natural”. 

Aulas atestadas de nervios, tarjetas de selectividad en cuartillas o folios DIN-A4, el DNI en la boca, examinadores que no quieren estar allí y lo demuestran con su desbordante amabilidad y educación,… y la opción de jugarte tus cartas a la prueba A o a la prueba B.

El día que nos demos cuenta que enseñar es algo más circunscribir lo que se es, lo que se piensa y lo que se siente a un número, entonces sí que podremos ser selectivos.