viernes, 14 de junio de 2013

¡Elí, Elí! ¿Iacma sabactaní?



              Hace más de dos mil años, el Hijo de Dios bajó a la tierra para poner en jaque a todo un imperio romano; para ello solo contaba con su palabra, su mandamiento de amor y con su mirada envuelta en pupilas de bondad, hasta que Pilatos se cansó una madrugada de verse las manos sucias y tres clavos y una lanza en su costado sesgaron su vida.

Antes de expirar, tuvo que soportar latigazos, bofetadas, burlas y coronaciones para que de esa forma las Escrituras Sagradas se vieran cumplidas, y con su sangre derramada sobre el Gólgota, se pudo moldear las llaves con las que desde entonces las puertas del cielo se nos abren cada vez que la Parca nos acaricia con sus dedos.

Tenía la edad de 33 años.

Desde ese día, el viento juega con su melena cada tarde de Viernes Santo, los cristianos nos convertimos en marineros sin barcas cada vez que la Ermita se queda a solas y apostamos cada uno de nuestros latidos a Él y a la creencia en su Palabra.


     Hoy en día, este escribano que alumbra sueños entorno a un farol y a una horquilla, con las mismas primaveras que Él, sabe que tras su muerte el cielo no se rasgará, el gallo enmudecerá y las únicas sabanas que lo amortajarán serán una túnica negra salpicada de estaciones de penitencias.

Pero, salvando las distancias, permitidme que hoy les confiese porqué he perdido la fe en Él y Él quiso tenderme su mano el pasado sábado para que la recuperara.  

Porque al igual que Él, yo también sufro latigazos cada día, apostando mi cuerpo sobre una columna de secretos que cimentan aquellos que enarbolan la bandera de la amistad y en el fondo son más falsos que Judas; al menos él pudo poner precio a su condena.

Porque al igual que Él, yo también sé a qué saben las bofetadas sin manos sobre las mejillas; he perdido las cuentas del rosario de las promesas incumplidas y no le veo sentido a esta vida que me está tocando vivir.   

Y porque al igual que Él, yo también siento como esta sociedad escupe sobre mi pasado, sobre lo que dije o hice, hipotecando su palabra a los guijarros que en su día ellos mismos me pusieron en mi camino y que con esfuerzo e ilusión pude esquivar.

Él sabe que ando cansado de rezarle, de pedirle, de rogarle, de suplicarle que me ayude a escapar de esta casa llena de humedades donde vivo, de pedir que me den una oportunidad para demostrar lo que realmente valgo, sea donde sea, y de dormir sólo alejado de mi aire y no poder cumplir la promesa que sobre un atril le confesé hace más de un año.


Y aunque no tengo palabras para explicar lo que sentí cuando lo llevé sobre mi hombro maltrecho y mis riñones doloridos –mil gracias Diego-, Él conoce mis silencios mejor que nadie, Él sabe alimentar mis tiempos con sus guiños, y Él sabe que cuando me encuentre, hallaré las fuerzas necesarias para preguntarle, cuando estemos los dos a solas,  “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado.”