viernes, 7 de septiembre de 2012

La sonrisa de la luna.

 

            Hace un par de días mantuve una íntima conversación con un viejo amigo, alguien que llegó a mi vida cuando ambos teníamos toque de queda para llegar a casa los viernes, y sentí en aquellas palabras un maridaje de nostalgias y tristezas que a día de hoy aun perfuman mis pensamientos al atardecer.
Sin guión establecido, recurrimos a rasgar el sobre lacrado de las anécdotas, esas que ambos guardábamos entre hilos de algodón en una esquina de nuestros recuerdos, y juntos recorrimos de puntillas aquellos años donde la inocencia y la pubertad nos iban jalando de los brazos para que alcanzáramos una madurez que tardaba en llegar y que se nos antojaba muy lejana; muchas veces me pregunto si la habré alcanzado ya.
Al recordar hoy esa charla cierro los ojos y siento de nuevo entre mis dedos el reflejo de unos años donde fui libre de pensamiento, de palabra, y sobre todo, de acción. Y me doy cuenta de que hay cosas que ya no volveré a sentir.
En esa época caminé por senderos desconocidos, tropecé entre piedras, metí mis pies en charcos, me despeiné ante abismos en penumbra,… pero mis ataduras y mis lágrimas siempre fueron desatadas y secadas por algún amigo, alguien que siempre estaba ahí, que habría su corazón sin esperar nada a cambio, que hacía suyo mis problemas y que lo único que le importaba en esos momentos era reconfortarme con sus palabras y con su aliento.
A día de hoy, sigo caminando, tropezando, despeinándome,… sigo atándome y llorando, pero a diferencia de cuando lo hacía antes, me he vuelto un tanto desconfiado, y miro y remiro hacia ambos lados de la calle por si hay alguna sombra que repara en mí e intenta tenderme la mano, eso si, con más miedo que vergüenza.
¿Y a qué tengo miedo a estas alturas? Pues a que me hagan daño, a que bailen entre risas sobre mis rescoldos, a que pisoteen mis sueños y mis heridas, pero sobre todo, a que me traicionen con un beso, a media noche, esfumándose de mis mejillas la palabra dada, compartida, confiada.
Quizás me embargue la melancolía y rumie para mis adentros que cualquier tiempo pasado fue mejor; quizás el tiempo haya solapado lo malo para que lo bueno sobresalga ante mi ventana; quizás vaya en mi carácter el ver en estos momentos el vaso medio vacío cuando albergo un problema, pero la sensación de desconfianza que veo, que vivo, que respiro cada día a mi alrededor hace que la mayoría de las veces opte por hacer mutis por el foro y esconder mis silencios entre el aire de mis pulmones cuando éste me acoge entre sus pechos. Dudo que él me engañe.   
Aun así, seguiré desnudando mi alma en cada escrito, seguiré acompasando mis poemas ante el vaivén de una mirada, seguiré sonriendo ante la malicia de aquellos que se creen mis enemigos, y seguiré, cueste lo que me cueste,  persiguiendo mis sueños, aunque broten lágrimas de rabia y de impotencia.
Sólo me queda creer en mí y en mis pasos. Sé que ellos me llevarán - algún día-, a acariciar con mis manos la sonrisa de la luna.