domingo, 1 de enero de 2017

Pido perdón...


Pido perdón por guardar silencio estos últimos meses y lamerme las heridas en soledad; nadie tiene porqué soportarme y secarme las lágrimas bajo un pañuelo de miradas.

Pido perdón por refugiarme en los rincones de mi alma; el eco de sus recovecos son las huellas de lo que un día fui, así que permitidme que me busque en ella.

Pido perdón por confesarme cada cierto tiempo en este refugio de esperanza; si sabes leerme, sabrás escucharme.  

Pido perdón por caminar descalzo por el renglón torcido de los prejuicios; yo no tengo la culpa de que pienses eso de mí.

Pido perdón por no dejar que me conozcas; créeme, hay atardeceres que merecen más la pena que mis sombrías sombras  

Pido perdón por irme de los sitios sin decir adiós, por no tomarme ese café contigo, por huir de ti cuando tú abres de par en par tus brazos para dármelo todo.

Pido perdón por no tomar partido en batallas que no llevan mi nombre entre las alforjas de los valientes; quizás me sienta bien revestir mi hombría bajo la piel de lo cobarde.

Pido perdón por ser egoísta y empezar a creer en mí, a pensar en mí, a apostar por mí.

Pido perdón por los mensajes que te mando preguntándote cómo estas, por aquellos que te susurran si necesitas algo de mí, y sobre todo, por aquellos que no soy capaz de escribirte por miedo a que te decidas a no borrarlos nunca.

Pido perdón por no mirarte a los ojos cuando me hablas; en el fondo sigo siendo un tímido empedernido y no me gusta que se cuelen en la cárcel de mis ojos.

Pido perdón por tener sueños que no se cumplen, promesas que se pierden por la orilla del presente, enfados que se reflejan en el espejo de la impotencia.

Pido perdón por no devolverte la llamada ni ese mensaje con aroma a nostalgia que me has mandado últimamente; aún soy libre de pensamiento, palabra, obra y omisión.

Pido perdón por no estar sometido al dictado de nadie; te guste o no, soy el dueño de mis miserias.

Pido perdón por tener enemigos en el olvido; seguid así, atrincherados bajo vuestro orgullo y vuestra gangrena. Haced sitio que pronto os acompañarán otros cuantos.  

Pido perdón a mis amigos escritores; tengo vuestros libros en la mesita de la espera del tiempo, pero el tiempo me está asfixiando entre sus segundos de arena y apenas me deja respirar.

Pido perdón por acunar entre mis sabanas a aquel niño que un día dejó de jugar en la plazoleta de su barrio; mi barrio… ese continente que me da todo lo que necesito para vivir.


Y pido perdón -mil veces perdón-, por ser un junta letras de barro, un escribano de sueños, un simple perseguidor de suspiros que sonríe cuando tus ojos me leen y sin decirme nada descubren cómo sigue latiendo mi corazón; no dejes de hacerlo..