domingo, 7 de agosto de 2016

Juegos Olímpicos



           Cada cuatro años suelo plantarme delante del televisor y tragarme todos los deportes olímpicos que vayan emitiendo, amén de todos los resúmenes y las ceremonias de Inauguración y Clausura.

De hecho, aún conservo por casa algún muñeco de Cobi, la mascota de los Juegos de Barcelona´92.

Los de este año en Rio2016 serán mis novenos juegos conscientes de ello, y espero que alguien del Comité Olímpico Internacional premie mi fidelidad de alguna manera especial.

Pero hablando en serio, soy un enamorado del Olimpismo y de todo lo que conlleva ese mundo de esfuerzo y compañerismo; recuerdo con mucho cariño que uno de los primeros trabajos que hice en mi vida cuando iba al colegio y era buen estudiante fue precisamente sobre la Historia de las Olimpiadas y sobre una de esas figuras a las que uno admira desde la lejanía y la envidia: el barón de Courbertin.   

Unos Juegos Olímpicos no es sólo una reconciliación del ser humano consigo mismo y con el deporte, sino que lleva cosido a su ser todo un decálogo de valores que de aplicarlos en nuestro día a día, seguramente la vida sería mucho más bonita y jugosa de lo que ya es de por sí.

Lucha, pasión, esfuerzo; trabajo, dedicación, compromiso; disciplina, confianza, ansías de superación,…

El Olimpismo es una filosofía de vida, una forma de encarar cada amanecer y la manera que tiene cada deportista de enfrentarse a sus propios miedos, límites y logros, teniéndonos a nosotros como testigos crueles para reírnos de ellos cuando su nombre cae sobre la lona sin caer en la cuenta que detrás de los focos y de los aplausos existe una historia personal y un mundo de sacrificios que sólo se verá recompensado si se regresa a casa con una presea colgada al cuello.


Disfrutemos por tanto de este regalo que nos hace confiar aún en el ser humano.