domingo, 29 de mayo de 2016

Soy del Sevilla..


         Reconozco que soy feliz cuando alguien me reconoce por  la calle como el hijo de, cuando me asocian a mis distintas hermandades o cuando me identifican con el equipo que acuna sueños dentro de mi corazón.

Y ese equipo que palpita en mi interior no es otro que el Sevilla Fútbol Club.

Hace más de dos décadas que nos dimos el sí quiero cerquita del estadio del Sánchez Pizjuán, y desde entonces mis tardes de domingo son una fiesta cada vez que el equipo del que hablan las lenguas antiguas salta a los terrenos de juego.

Al enfundarme la camiseta del Sevilla, siento galopar por mis venas esa huella de felicidad y olvido que sólo el fútbol -bendito fútbol-, me regala en mí día a día.

Entre los dos nos separan más de cien kilómetros, pero es que tengo la certeza de que ser del Sevilla es sentirse un privilegiado, un afortunado, un enamorado en definitiva de una de las señas de identidad de la ciudad donde la luz trasmina de manera diferente.

Ser del Sevilla es decirle a los cuatro vientos que rondan los atardeceres de mi existencia que los pulsos de mi alma se aceleran cuando en la bombonera de Nervión se desatan las bufandas para animar sin medida y por las gargantas se va derramando un himno que es más que el himno del centenario.   

Ser del Sevilla es un pellizco en las entretelas de los huesos, es un guiño del destino, es una catarata de sensaciones que salen a flote cuando levantamos títulos con la luna como testigo y que alcanzan el cielo del orgullo cuando caemos derrotados en las finales que jugamos; porque nosotros jugamos finales.

Que nadie me acuse de sentir lo que siento por el equipo que lleva en volandas los arrebatos de mis entrañas.


Y déjenme que sea feliz siendo del Sevilla, siendo sevillista.