domingo, 1 de mayo de 2016

Besar la piel...



            Cada uno de nosotros lleva hilvanado en algun pasadizo de su memoria todos los besos que en su vida ha ido recibiendo, ha ido regalando o simplemente ha ido soñando para hacerlos realidad algún que otro día.

Hay besos que al darlos nuestros sentidos se nublan, los parpados tienden a cerrarse y las huellas que dibujamos al hablar de ellos están tiznadas de felicidad. 

Hay besos tan amargos que cuando paseamos por la cicatriz de su recuerdo, aún nos duele el veneno que llevaban en su interior.

Y hay besos que llevan cosidos bajo su aroma el sabor de un nuevo horizonte; otros tienden a perderse en el cielo de las ausencias y con un puñado de besos uno puede derribar el muro más infranqueable e imposible.  

Pero como el beso de una madre…

Porque es el tipo de beso que todos necesitamos al menos una vez en la vida, una vez en semana, una vez en el día.

Nos acompaña desde siempre, sentimos su aliento desde antes de nacer y es el refugio perfecto cuando ya no nos quedan lágrimas que secar y todo parece perdido.

Cuando una madre te da un beso, sientes que el mar de las preocupaciones se calma y tomas conciencia de que ya nada malo te puede suceder.

El beso de una madre tiene la habilidad de rozarte el alma por fuera y besarte la piel por dentro.

Es un pellizco de ternura, de bondad, de entrega infinita…

Da igual la edad que tengas. Lo cansado que llegues a casa o las prisas que el minutero vaya acumulando en su cárcel de cristal.

El beso de una madre es insuperable en el tiempo, es incomparable con el de cualquier otra mujer, es la certeza absoluta de que alguien daría su vida al entregarte la suya…

¿Habrá cosa más bonita que el beso de una madre?