domingo, 7 de septiembre de 2014

Manos alfareras...


         Hace poco volví a abrazar las manos de un alfarero.

Eran rudas, con las arrugas del pasado bordeando los límites de su  piel y, -aunque cansadas-, llenas de aliento; las estuve observando un rato, y sentí que aún tenían fuerzas de sobra para seguir creando vida.

Es un oficio varado en la memoria, sencillo, paciente,… donde sólo interviene el barro y el agua.  

De un trozo de masa son capaces de generar recuerdos que colgarán del alero de la eternidad.

Y en cierta forma eso es lo que miles de educadores de la etapa de Educación Infantil van a sentir cuando el curso eche a rodar en pocas horas. 

Sé por experiencia que la primera visita a una clase de infantil es dura, no sólo para los más pequeños, sino también para estos docentes que suplen con cariño, con paciencia, con serenidad… todas las carencias y las envidias de esta sociedad que nos ha tocado en suerte.

Y tienen en la ilusión de un trabajo bien hecho el aliado perfecto para cumplir con su cometido.

El profesor de la eterna sonrisa amasará -en el tiempo-, ese barro que apenas levanta un palmo del suelo y que llega hasta las aulas con una maleta más grande que sus huellas.

El profesor de la eterna sonrisa  -desde la primera mirada-, anclará todo un mundo de emociones a un corazón sobresaltado y aun con miedo a latir por sí sólo.

El profesor de la eterna sonrisa -arropado en sus batas blancas-, harán que sus sueños puedan ser perseguidos.

Reseguirán sus llantos; harán que los colores y las formas del mundo tengan sentido; inventarán paisajes y personajes con los que puedan jugar cuando duermen; construirán ilusiones a partir de los puentes de la imaginación; regarán las raíces donde sus pies crecerán el día de mañana;… 

Háganse un favor… y confíen -de corazón-, en esas manos alfareras.