domingo, 24 de agosto de 2014

Aquel amor inmortal



Hacía años que se esquivaban la mirada. Se sentían cerca el uno del otro -pues respiraban bajo el mismo techo-, pero llevaban varias décadas sin sentirse, sin rozarse, sin sufrirse como lo hicieron antaño.  

Ambos escucharon muchas veces eso de que hay amores que son malditos… pero a la vez inmortales… y este podría ser uno de ellos.

Aquellos que tuvieron la suerte de verlos juntos siempre supieron que los dos fueron felices; él vaciándose en cada nueva pedalada… y ella ofreciendo lo mejor de sí misma en cada nuevo empuje, en cada nueva curva, en cada nueva aventura.

Nunca les importó ni la hora, ni el día, ni el cansancio…

Cuando se fundían entre sudores -por sus venas y sus tubulares-, notaban navegar sobre su piel a la libertad; contaban que hasta a la propia sombra le costaba trabajo perfilarse sobre la carretera.

Sin embargo, el destino suele esconder piedras en el camino difícil de entender, difícil de sortear, difícil de aceptar… y tras la caída más inocente todo se truncó.   

Tras aquello, jamás hubo una mala palabra, un reproche alimentado de maldad, un lamento a lo que sucedió.

Pasó porque estaba escrito en aquella hoja de ruta.

En aquel trozo de asfalto no sólo se quedó para siempre la sangre y el sudor de un enamorado de la bicicleta, sino centenares de lágrimas calladas… pues ellas supieron antes que nadie que aquel sería el final.

Siempre me pregunté si alguna vez volvería a verlos por algún rincón de nuestra ciudad… y la otra tarde -en medio de esta fiesta montada alrededor del inicio de la Vuelta-, los vi cogidos de la mano, sin miedo al dolor y con la mirada ilusionada que de vez en cuando envuelve a los amantes.


Creo que al fin han aceptado que por mucho que pase el tiempo… su amor seguirá siendo inmortal.