domingo, 13 de julio de 2014

Gora San Fermin


            El verano al fin se ha puesto el traje de baño y las chanclas de deitos cuando por los cielos de Pamplona surca ese cohete -llamado por aquellos lares chupinazo-, con el que nuestros vecinos del norte dan comienzo a su particular fiesta de los toros.

Dejando al margen algunos comentarios absurdos que la presentadora nos ha ido regalando cada mañana -muchacha, si no sabes torea, pa que te metes-, me quedo con varios detalles de los encierros de este año.

Supongo que a la Televisión Pública le habrá sido rentable todo el despliegue llevado a cabo para enseñarnos los padrastros de los corredores, el adoquinado de la calle Estafeta y los partes de guerra tras cada encierro, bien desde los puestos de guardia, bien desde el hospital de turno.

Pero por muchos planos que me pongan en HD,…hay cosas de esta fiesta que no logro entender.

Y no las logro entender porque no me entra en la cabeza qué tiene de emoción salir a correr enfundado en un pantalón largo -algo incómodo por cierto-; llevar en la mano un periódico enrollado -algo inútil por cierto-; y protegerse el cuello con un pañuelo rojo a sabiendas que detrás de ti vienen 6 morlacos que la única intención que traen entre sus pitones es la de defender su vida.

Los puristas me invitaran a que viva la fiesta, no a que la entienda, pero… ¿lograré entender esa necesidad que tenemos de regodearnos en la sangre, en el dolor ajeno, en el sufrimiento lejano?

¿Lograré asimilar que emoción supone ver a un toro cornear por los aires a alguien como si fuera un muñeco de trapo?

¿Lograré reconocer que ahí reside la idiosincrasia de ese pueblo y que alguien del sur no puede criticar esa fiesta?

Creo que con el tiempo lo lograré, pero… ¿harán ellos lo mismo con nuestras fiestas?