domingo, 1 de junio de 2014

Para otro lado


Lo solemos hacer. Más de lo que deberíamos. Más de lo que nos convendría. Pero es algo que -sin darnos cuenta-, todos solemos hacer.

Algunos lo hacemos a diario. Hemos nacido con esa pieza defectuosa en nuestra piel y por mucho que nos pidan que la cambiemos, moriremos mirando para otro lado.  

Otros lo hacemos de vez en cuando. Lo hemos aprendido de verlo en casa, tal y como hacen nuestros mayores, nuestros iguales, y por no llevar la contraria, por no abrir la boca, por no señalarnos como bichos raros, tomamos el camino fácil y también miramos para otro lado.

Como ven, aquí no se libra ni el apuntador de esta columna.

Si no lo hacemos en una cosa, ya lo haremos en otra; si no ignoramos nuestro futuro, ya pisotearemos nuestro presente; si no nos callamos la boca ante el dolor, tampoco lo haremos cuando el dolor nos calle.

Somos gente que no nos comprometemos con nuestra sociedad, con nuestro barrio, con nuestros vecinos; somos gente que vivimos con las ventanas cerradas y las puertas encajadas, dando lecciones de vida a través de las redes sociales; somos gente que de todo sabemos – o eso creemos-,  y de todo entendemos, y así nos va.

Salen miles de inmigrantes cada día por la pequeña pantalla de nuestros televisores, saltando alambradas y jugándose lo único que tienen, ¡su vida!, y solemos mirar para otro lado.

Hipotecan nuestros sueños aquellos que deben de protegerlos, bien con rancias corbatas, bien con caducas premisas, y solemos mirar para otro lado.

Nos roban la juventud, nos quitan las ganas de seguir hacia delante, nos pintan un horizonte entre nubarrones a punto de descargar más sumisión, más servilismo, más acatamiento,… y solemos mirar para otro lado.

Y si no les gusta esto que les cuento, hagan lo mismo que voy a hacer yo: mirar para otro lado.