viernes, 8 de noviembre de 2013

Enjaulados


Cuando el sol se despereza de su letargo, cuando de golpe planta sus pies fríos sobre el silencio de la oscuridad, cuando se llama a sí mismo para corretear por entre las azoteas con ganas de terminar de secar las ropas del día anterior, éste comienza a dibujar sus primeros rayos de sol de manera tímida, apocada, casi de puntillas para no despertarnos de nuestros últimos sueños con la danza de sus rayos.

Es curioso. Gracias al “Dios Ra” el ser humano puede calentarse, puede broncear su piel, puede enmarcar sus pulsos y sus emociones,…  puede vivir en definitiva, pero a veces, éste nos habla rompiéndose la garganta y apenas no damos cuenta de sus palabras.

Y esto es algo que, cada vez con más frecuencia, nos está pasando.

Siempre rondó por mi cabeza la premisa de que el ser humano estaba creado, o surgió porque alguien así lo quiso, o somos producto de un sueño que se desvelará cuando cerremos los ojos,… para vivir en sociedad, para no aislarse, para compartir la vida con sus otros semejantes, buscando el sosiego a sus problemas en el roce de otras pieles que sienten el dolor de igual manera cuando son pellizcadas, al cobijo de un sol que dibuja atisbos de esperanzas en el horizonte, pero de un tiempo a esta parte…

De un tiempo a esta parte todo esto está cambiando. Las calles andan desiertas. El miedo se queda a dormir en las farolas cuando éstas se encienden, y apenas te encuentras a niños jugando en la calle con la libertad que da una simple pelota y un par de amigos.

Nos guste o nos guste, ahora vivimos para adentro, conectados a energías que alimentan la cara oculta de nuestros ombligos.

Ahora somos presos de la luz artificial de televisores cada vez más grandes para que nos acojan con mayor fuerza y no nos escapemos; tenemos teléfonos móviles que cada día que pasa más nos encadenan y amordazan a juegos y aplicaciones para que dejemos de pensar por nosotros mismos; caminamos esclavizados a pantallas de ordenadores que trazan nuestros perfiles sociales en redes que nos hacen vivir una vida que no es real, que es artificial, pero que nos importa más que la nuestra propia, por el recelo al qué dirán, a cuántos “Me Gusta” consigo, a cuantos retuits, y que, a diferencia de la de verdad, no sufre moratones y cicatrices.

Ésta vida ficticia tiene una gran ventaja: a la derecha tiene un botón que nos permite abandonar - y abandonarnos-, cuando leemos, oímos o escuchamos algo que nos apetece leer, oír o escuchar en ese momento.

Quizás el primero que tenga que mirarse en este espejo y leerse varias veces este escrito sea yo, que con la excusa de “yo solo utilizo todo esto para trabajar”, leo mejor con las yemas de los dedos que con los labios, y echo de menos el contagio de unas risas, de unos abrazos, de unos amigos,…

Y al final el sol va a tener razón, y a través de sus sombras nos está diciendo, claramente, que estamos enjaulados.