Ser jerezano



Circula por las redes sociales una especie de decálogo donde se dan unas directrices maestras de lo que significa Jerez, y por defecto, ser jerezano.

Entre ellas se pueden leer algunas afirmaciones tales como que Jerez es olor a incienso, es una guitarra bien tocá, es pasión en una plaza de toros o es ambiente motero.  

Uno, que guarda entre recuerdos los primeros dientes que buscaron cobijo bajo una almohada ratonera, sabe que Jerez es algo más que una ciudad con duende, un entramado de leyendas que tiene la playa a diez minutos o un arte inigualable cuando le da por cantar nanas en diciembre.

Sé todo eso, pero también sé y reconozco que en los espejos del carácter del jerezano se va acumulando el polvo de su propia ignorancia cuando la vida va pasando por nuestra vera y no apreciamos lo que aquí se cuece.

Esa ignorancia, que duerme anclada a los pies de las fronteras que nos rodean, es la que nos ha vuelto a sacar los colores hace unos días cuando no hemos estado a la altura en la despedida que se merecía uno de los nuestros, bien porque desconocíamos su grandeza, bien porque como buenos jerezanos esperaremos a que alguien, de afuera a ser posible, nos abra los ojos algún día.

Ser jerezano, aparte de presumir de caballos, de aeropuerto o de creernos el ombligo del mundo al llegar la feria, es conocer, es amar, es saborear la historia de este rincón, pero no solo la que se queda a dormir en las espadañas, sino la que cada día vamos conformando los que tenemos la suerte de nacer aquí, lleguemos o no lleguemos a ostentar el privilegio de ser su hijo predilecto.

Ojalá me equivoque, pero me temo que el próximo martes, cuando un jerezano -sí, sí, otro de los nuestros- reciba el Premio Cervantes nos volverá a pasar lo mismo, y la ignorancia nos dará otra guantada sin manos cuando creamos que el instituto es el que irá a recoger el premio, en vez del poeta.