El niño que lea.




De las cosas más bellas que un maestro de infantil guarda en su memoria una tiene que ver con el sonido de sus niños al leer por primera vez. Tras un trabajo de varios años, las piezas de un puzle sonoro cobran vida cuando ese dedo comienza a subrayar por si solo una frase que dibujará en el rostro de ambos una sonrisa infinita.

Por si alguien no lo sabe, yo les puedo contar que ese milagro no es un trabajo exclusivo de aquel o aquella que aceptó su vocación, sino que tiene que ir de la mano de los padres, de los abuelos, de los tíos,…de todos los agentes activos que participan en la enseñanza -y en la EDUCACION-, de ese infante que a través de un cuento, de un poema o una canción puede vivir otros mundos.

Y paralelo a este milagro se da aquel que tiene que ver cuando un lápiz del número 2, haciendo equilibrio entre sus torpes dedos, le permite escribir su  primer nombre gracias a los personajes del país de las letras.

Pero si para los maestros de infantil es una satisfacción, para los profesores de secundaria, bachillerato, y me consta que hasta para los de Universidad, este tema se está convirtiendo en algo frustrante.

Leer un examen de un alumno de la E.S.O. es un ejercicio de detective en algunos casos, y no solo por su contenido.  

Y en sí mismo es una contradicción que la generación de adolescentes que más leen y más escriben se esté convirtiendo en la más  inculta ortográficamente hablando, puesto que antes de quitarse las legañas, ya han saludado a la humanidad con un tweet de buenos días!, dejando claro a sus amigos, y sus enemigos, que la noche no han podido con ellos.

Hagan suyo aquel consejo que tanto le repetían a mi madre de que el niño leyera, lo que fuera, donde fuera, pero que leyera; tómenlo y hagan lo mismo. Todos saldremos ganando.