viernes, 1 de marzo de 2013

Hace unas semanas...


Hace unas semanas volví a visitar el corazón de vuestra ciudad, ese latido acompasado por el almíbar y endulzado por el aroma de la historia, y paseando por sus calles tuve la sensación de empequeñecer a cada paso que daba entre callejuelas y naranjos.

Hace unas semanas necesité escuchar de nuevo los crujidos de la memoria, recorrer los recuerdos que dejé anclado tras cada farola, tras cada esquina y buscar ese trozo de mí que se quedó a vivir entre las sombras de vuestro aire.  

Hace unas semanas agaché de nuevo mi cabeza en señal de respeto cuando rondé  esas murallas donde dormitan las leyendas y donde tantos y tantos besos son robados a la noche cuando expira una nueva madrugada.

Hace unas semanas…

Sevilla y yo tenemos cuentas pendientes. Ella sabe que huí de sus brazos cuando quiso apretarme entorno a su cintura y hacerme suyo; yo sé que volveré algún día a sentir cómo se inclina el cielo cuando tiene que pintarle de caricias un nuevo amanecer y se sonríe al limpiar sus pinceles en ese tramo de río.

Pero es que Sevilla es Sevilla, y aunque los que vivimos lejos de sus cicatrices la tengamos más que mitificada, sabemos que no todo lo que reluce es oro en la que para muchas cosas es la madre y maestra, teniendo que ver atónitos cómo algunos trapos sucios se orean a la vista de todos con la única finalidad de hacer daño y pisotear cabezas.

Pero a pesar de ello, vuestra ciudad tiene el don de reinventarse, de hacer, con muy poquito, todo; de acallar, con un simple silencio, a todo aquel que la ponga en duda; y de enamorar, con el reflejo más pequeño  de sus entrañas, a propios y a extraños.

Esa es la Sevilla de la que me siento preso, de la que sueño con volver,  de la que soy incapaz de nombrarla sin suspirar nostalgias y añoranzas, y de la que sé, como todos ustedes saben, que es donde vive,  que es donde habita, que es donde mora Dios, y no solo en este año de la fe.  

Por eso hace unas semanas fui a Sevilla, para buscar a ese Dios que se gubia en maderas con arrugas; para encomendarme a ese Dios que evoca relatos antiguos, los que cuentan las abuelas en los zaguanes de la lejanía; y para suplicarle, rogarle, demandarle a ese mismo Dios que no suelte mis dedos cuando mi cuerpo se zarandea por la desesperación y por la ira.

Y fue en Triana, en Montesión, en El Salvador o en San Lorenzo donde me postré ante sus plantas, soltando lastre entre repelucos, ese que me impide avanzar por el miedo a lo desconocido,  y donde pude adivinar las hechuras que esconde la fe bajo el marco de un túnico, bajo el eco silente de una bóveda o bajo el misterio de una cola donde se guardaba turno entre nervios e inquietudes.

Ante el Señor de la Salud mis palabras mudaron la piel al bañarse mi rostro entre lágrimas amargas que saben cuánto lo nombro al cabo del día, cuánto lo necesito con el pasar de los años y cuánto sufro por equivocarme y tenerlo tan lejos de mi camino, y al entrar en la iglesia de Santiago caí rendido ante el beso mas traicionero que mis ojos jamás sintieron.

Hoy puedo contaros que ese fue mi verdadero Vía Crucis, el que rellenó mis bolsillos de fe en cada iglesia, el que desoyó los cánticos de lluvia cada vez que miraba a las nubes y el que Dios quiso mostrarme, sin apenas alzar la voz, en la ciudad de Sevilla.