viernes, 8 de marzo de 2013

El día D.



El pasado veintiocho de febrero la comunidad autónoma andaluza se levantó de la cama orgullosa, altanera, eufórica, con la sonrisa en sus calles y saboreando el acento en cada saludo, en cada desayuno, sabedora en su interior de que todo el mundo la buscaría  a lo largo de ese día para volver a mirarla con anhelo y envidia.

Anhelo porque saben que el sol se refleja de manera distinta sobre nuestras celosías y azoteas, y envidia porque los andaluces, en el fondo, somos un pueblo que sabe vivir muy bien, que se toma la vida con sorbos de gracia y con un age que ya quisieran otros y que para mayor regodeo de nuestro ego íbamos a disfrutar de un puente de cuatro días de esos que quitan el hipo sólo de pensarlo.

Es lo que tiene ser andaluz y son los beneficios que nos da el respirar el aire que se pierde por la Baja Andalucía.

Pero una semana después, ese sentimiento autonómico que nos hinchaba el pecho se ha ido esfumando de nuestros pulmones; y por las arterias de las ciudades ya no se ve el ondear de esa bandera blanca y verde que vuelve a nosotros cansada tras siglos de guerras; y por mucho que nos empeñemos desde que nuestra onomástica terminó hemos vuelto a convertirnos en los bufones de un reino que mira con indiferencia todo aquello que proceda del Sur una vez que los carnavales terminaron.  

Es lo que tiene sacar a relucir nuestras raíces, nuestras señas de identidad, nuestros emblemas; nuestros colores, nuestro himno, nuestra historia; nuestro arte, nuestro descaro, nuestra forma de hacernos entender cuando nos dicen que hablamos muy rápido.

Es lo que tiene asumir las desgracias de no saber hacer la “o” como un canuto, de quedarnos con la cara partida cuando nos pisotean una y otra vez por nuestra forma de creer, de lamernos las heridas con nuestra propia sal cuando nadie es capaz de tender su mano para que salgamos del pozo en el que estamos inmersos.

Es lo que tiene abrir las fronteras de nuestro mar a todo aquel que no duda en escupir sobre su orilla cuando se va, en ser el gracioso de turno en cada convite de piedra al que asistimos, en ver cómo nos siguen robando la ilusión y el futuro cuando unos cuantos queremos devolver a esta tierra aquello que en su día recibimos de ella.  

Pero ese es el precio que tenemos que pagar cuando enarbolamos la bandera del andalucismo tan solo un día al año, radicando ahí parte de nuestras desventuras, ya que nuestra fiesta grande se ha convertido en una efemérides más, en una mención mas, tal como le sucede al día de San Valentín, al Día de la Paz, al Día del Maestro, al de la mujer trabajadora,…

Quizás pensar así roce lo absurdo, o quizás el absurdo sea yo por pensar de esta forma - como alguien me señaló el otro día-,  pero me gustaría ver, sentir y escuchar cómo los andaluces somos libres para ser “andaluces” todos los días del año, y no solo el ultimo día del mes de febrero.