jueves, 31 de julio de 2008

La última llamada.

El entrenador de Rafa lo mandó a llamar. Éste llevaba veinte minutos calentando en la banda. El partido iba empate a cero, y el equipo necesitaba un revulsivo. ¿Lo sería él?

Cuando llegó a la altura del mister, éste escucho atentamente las indicaciones, ajustándose la camisa y las calzonas.

- Esta tarde todo va a salir bien. Antes de saltar al campo, piensa en todo lo que has sufrido y luchado este año. Hazme caso y disfruta, que te lo mereces – le dijo, dándole un fuerte abrazo a modo de bienvenida.

¡Y vaya si Rafa le hizo caso a su entrenador! Después de estar alejado mas de un año de los terrenos de juego, por culpa de una inoportuna lesión de rodilla, saltó al campo y disfrutó. Corrió detrás de cada balón como si la vida le fuera en ello, presionó, gritó, animó, regateó... e hizo lo que siempre se le dio bien hacer: marcar goles. Y por partida doble nada menos. Aunque uno de los goles lo marcó en un clarísimo fuera de juego no marcado por el asistente.

Cuando el árbitro pitó el final del encuentro, todos su equipo fue corriendo hacia él. Incluso algunos rivales tuvieron la deferencia de darle la enhorabuena por la actuación que tuvo aquella tarde. Por un instante, agasajado por su compañeros, tuvo la sensación de que el tiempo no hubiera pasado. Por un instante pensó que aquella lesión que le privó de hacer lo que mas le gustaba hacer en la vida solo hubiera sido un mal sueño. Al dirigirse hacia el vestuario, sintió que la cicatriz de su rodilla le quemaba, y entendió que no fue así. Se dio cuenta de que su lesión fue real. Mirándose en el espejo se dijo a sí mismo: pero he vuelto.

Quiso estar sólo por un momento en el vestuario. Ya en la ducha, y con el agua resbalando por su fornido cuerpo, cerró los ojos y volvió a sentir la sensación de ser importante, de ser grande. Recordó en su cabeza la salva de aplausos que al marcharse le tributó una grada que, dentro de poco, la tendría de nuevo a sus pies. Todo marchaba bien. Al acercarse a su taquilla, cogió y encendió el móvil. Tenía decenas de mensajes y varias llamadas perdidas.

Vio primero las llamadas perdidas: el presidente del Club, Luis Sanz; su representante, Antonio Dávila; Leo Márquez, el periodista deportivo de moda, varios excompañeros,...

Primero llamó a Luis, su valedor y la persona que más había confiado en él en los últimos meses. Quizás fuera mas por el negocio que supondría su vuelta a los terrenos de juego que por pura amistad, pero Luis siempre estaba dispuesto a decirle las cuatro palabras que Rafa necesitaba escuchar. Luego llamó al Presidente de la entidad, para darle las gracias por todo; luego a Leo Márquez,...y así fue contestando todas las llamadas que había recibid. Cuando se dispuso a ver quien era la última perdona que le había llamado, un par de compañeros aparecieron en el vestuario para pedirle que fuera con ellos a celebrar su regreso, a celebrar aquella victoria. Rafa cerró la tapa del móvil, sin ver quién quiso ponerse en contacto con él. Entre risas y abrazos, se guardo el móvil en el bolsillo, y pensó: mas tarde llamó.

Pero Rafa no devolvió aquella llamada.


Serían las cinco de la mañana cuando Rafa llegó a su casa. Venía de celebrar su vuelta al mundo del fútbol, y la maldita cerradura se lo había puesto mas difícil que la defensa del equipo visitante. Con sigilo, cerró la puerta tras de sí, y se dirigió hacia el salón. Con los zapatos en la mano derecha, y descalzo, camino sobre la alfombra persa. Al avanzar, sintió tropezarse con algo que le era ajeno. A tientas, encontró el sofá, y palpando su figura, llegó hasta la mesita del teléfono. Allí estaba la lámpara pequeña. La accionó, esperó a que sus pupilas se acostumbraran a aquella luz tenue, se dio la vuelta y se encontró con tres maletas. Eran sus maletas.

- ¿Mis maletas?- dijo en voz alta Rafa, rasgando con su voz aquella estancia en penumbra.

De nuevo el silencio acompañó al haz de luz que emanaba de aquella lamparita. Pero fue por poco tiempo. Como por arte de magia, la luz principal del salón se encendió, y de nuevo unas palabras hicieron que el silencio reinante se marchara.

- Exacto, tus maletas. Cógelas y márchate de mi casa.

Rafa estaba atónito. Miró hacia el interruptor de la pared, y vio perderse en la bata el brazo desnudo de Marta.

- ¿Qué significa esto?-preguntó Rafa sin saber muy bien el por qué estaba viviendo esta situación.
- Muy sencillo- contestó Marta, sentándose sobre el butacón azul que se encontraba enfrente de él-. Esta noche has conseguido lo que tanto anhelabas. Esta noche todo te ha salido todo que ni pintado. Esta noche...- tomo aire para seguir hablando- has vuelto a ser el mismo de siempre.

Rafa la miró a los ojos, y adivinó como una lágrima comenzaba a surcar su mejilla. Miró de nuevo a las maletas, incapaz de sostener aquella mirada que tanto dolor trasmitía.

- ¿Y por qué esta noche?-preguntó Rafa, como un cobarde que pide explicaciones para que éstas le protejan de la verdad.

- Por que esta noche has vuelto a ser el mismo de siempre. El mismo que triunfa, el mismo que sonríe ante la cámara, el mismo que levanta pasiones,... esta noche ha vuelto el mismo egoísta de siempre –Marta le mantenía la mirada, altiva-.

- Pero he cambiado, y lo sabes – protestó Rafa, sin saber si era verdad aquella situación que estaba viviendo. Quizás el alcohol le estuviera jugando una mala pasada.

- Eso pensaba yo hasta esta noche. Pero tú nunca vas a cambiar. Siempre vas a ser el mismo Rafa que conocí de pequeña, aquel Rafa que me enamoró con sus lindas palabras, aquel chaval por el que un día lo dejé todo para ir detrás de él, sin importarme las consecuencias. Aquel Rafa del que siempre he estado enamorada, pero esta noche, tu vuelta ha sido la peor de las noticias para mí.

Y de nuevo el silencio. Marta sopesaba cada palabra que iba saliendo de su boca. Parecía que hubiese estado preparando aquel discurso por si llegaba ese momento. Y parece ser que el momento había llegado. Sacó un clínex del bolsillo, se secó las lagrimas que andaban a sus anchas por sus mejillas, y continuó.
- Durante el último año te he disfrutado – le dijo reposando su cuerpo sobre el butacón-. Se que para ti ha sido un año duro, desastroso, pero para mí –suspiró profundamente- para mí ha sido el mejor año de mi vida. Por que te he tenido sola para mí. Por que he sentido en mí tu voz, tu cuerpo, tu presencia, tu mirada, tu soledad, tu alegría, tu tristeza, tus ganas de superarte, tu sonrisa,... Pero esta noche, como si rompieras el cristal que nos protegía, todo se ha roto en mil pedazos.

- No lo entiendo – Rafa también se sentó, pero en el sofá. Esta abatido. Su cabeza no paraba de decir que no, una y otra vez.- No lo entiendo- le volvió a repetir.

Marta buscaba con su mirada la mirada perdida de Rafa. Pero no la encontraba. O no la quería encontrar. Sabía que ese era su punto débil, y por eso tenía que ser fuerte. No podía venirse abajo. No podía flaquear si llegaba a ese momento. Y ese momento había llegado. Pero no había marcha atrás. El dolor que horas antes había sufrido sola, en silencio, parecía como si la hubiera inmunizado.

Se levantó suavemente y se acercó hasta Rafa. Le acarició el pelo y se despidió con un beso en la cabeza. No tenía fuerzas para nada más. Rafa ni siquiera hizo el intento de levantarla. Se alejó de él, llegando hasta el pasillo, y antes de apagar la luz, lo miró por último vez.

- No hagas mucho ruido al salir – le dijo de forma entrecortada. Y la luz se apagó.


De nuevo la estancia quedó iluminada por el haz de luz de la pequeña lamparita. Rafa entendió que aquella sombra de figura incierta que era su cuerpo sobraba. Se levantó y sin hacer ruido, cogió las maletas. Apagó la lamparita, se dirigió hacia la puerta, y, a modo de despedida, miró hacia atrás. Lo único que pudo ver era la oscuridad que le acompañaba.

Cerró la puerta sin hacer ruido, como le había pedido Marta, y se montó en el ascensor. Se miró en el espejo, e intentó recomponer aquel amasijo de pelos de forma decente. Se acercó hasta la entradita del bloque, y se detuvo en la puerta. Pensó por un instante lo que iba a hacer. Echo mano del móvil para llamar a un taxi, y se acordó que aun tenía una llamada perdida. La buscó en el archivo del móvil, y la cara se le cambió. No podía ser. En ese momento lo entendió todo. Esa última llamada era de Marta.