Hay mañanas en las que el café huele distinto, en las que el pecho se aprieta con una tensión hermosa y el aire vibra con otra frecuencia.
Hay mañanas en las que uno siente corretear por la barriga los nervios.
Hay mañanas que uno está más pendiente de la hora que de respirar.
Y hoy es uno de esos días.
Porque hoy no juega un equipo de fútbol, sino que hoy se me estremece el alma, ya que hoy juega mi piel.
La selección española debuta hoy lunes en este Mundial de 2026 y, como siempre que rueda el balón con el escudo del león, el tiempo se detiene.
Hablar de España es hablar de una forma lírica de entender la vida.
Ver ese uniforme rojo (o blanco, o azul) sobre el césped despierta una memoria genética de pases infinitos, de una búsqueda obsesiva de la belleza a través de la pelota.
Es el recuerdo de la gloria que nos hizo eternos, pero también es la ilusión renovada de una generación de jóvenes que juegan con la frescura del que todavía no conoce el miedo.
Ver a España es una experiencia física.
Cada balón dividido duele en las costillas; cada combinación al borde del área rival nos suspende la respiración. Sentimos el crujir del pasto, el sudor de la camiseta y el latido unísono de millones de corazones que empujan desde la distancia.
No importa la táctica ni el rival; importa esa mística de reconocernos en el esfuerzo y en el talento de los nuestros.
Que empiece la función. Que ruede el cuero. Que se enciendan las gargantas… y que la poesía de nuestro juego vuelva a vestirnos de gala.
Vamos, España.
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