
El Viernes Santo empezaba a doblarle la esquina al folio de la madrugada.
El tiempo, arrastrando compases, olía a cera derretida.
Y todas las miradas en torno a la calle Tornería se concentraban en Ella.
La dolorosa que tiene el alma rota. Destrozada. Mutilada.
La Virgen del clavo que, si pudiera, se lo clavaría en el fondo de su alma.
La que navega entre zozobras de mares oscuros, enfilados y revueltos.
Era la Soledad.
La Madre que camina por Jerez como una doncella de luto.
La que arrejunta toda la pena que un capataz, sin apenas voz, podía confesarle.
La que concita a la noche, mientras que la tarde se aleja por el horizonte con el envés de las pupilas echándola de menos.
Era la Soledad.
La que se quedó huérfana desde que engendró en su vientre al Varón de Dolores.
La que detiene sobre los espejos mudos lo que no se puede, o no se sabe decir.
La de los abrazos sin nombre. Sin hogar. Sin calor.
Era la Soledad.
La que me secó el llanto cuando me acerqué a la verita de sus desahucios.
La que quiere escapar de la demencia de la primavera.
La de la melancolía dulce. El tormento en forma de nácar. Y el silencio entre gritos.
Pasó la Soledad por Tornería… y hasta la Tornería se quedó a solas al verla pasar.
Pasó la Soledad por Jerez la tarde del Viernes Santo… y todo cobró sentido.
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