Cuentan que los relojes de la ciudad, al dar las doce de la noche, giran sus manecillas hacia el Arco en busca de la Esperanza.
Aún no está. Aún no ha regresado. Aún se la espera.
Pero esas manecillas, que no entienden nada de lo que ha pasado, ya caminan desesperadas porque su dueña, la única que reina más allá de sus cristales, anda supurando cicatrices y barnices.
Y cuando ellas miran al camarín, no la encuentran.
Cuando se alejan de aquel rincón de Gloria, no sonríen.
Cuando alguien va a buscarla, no saben qué decirle.
Y a las manecillas, y a los que necesitamos de la Esperanza, esta espera se nos está haciendo larga, eterna, duradera.
Nos esta costando respirar.
No sabemos a quien contarle nuestras cosas.
Nos sentimos huérfanos de rezos y miradas.
Y es que la Esperanza es el latido más grande que tenemos en nuestro día.
Es el calor que en estos días de frío nos calienta el alma.
Es la lucecita que siempre vemos cuando cerramos los ojos.
Que vuelva cuando tenga que volver, y que no se vaya nunca más de nuestro lado.
Ainsss Esperanza.

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