Salgan a buscarla...


             Hacía algunas décadas que sus huellas no pisaban nuestra tierra cuando la hoja del mes de diciembre comienza a despedirse de la alcayata de la pared.

De vez en cuando el destino traza renglones no solo torcidos, sino difíciles de entender. 

Así que bajo otros atardeceres, formó una familia, adoptó otra bandera y dejó que las lágrimas se confundieran bajo el acento de otro idioma. 

Pero una mañana, masticando nostalgias cerca de la línea del horizonte y recordando cómo suena un compás de repelucos, hizo una maleta de abrazos y añoranzas para volar hasta esta ciudad sin fronteras que jamás quiso borrar de sus pensamientos. 

Pero al llegar aquí, vio que aquel sitio donde sus dientes echaron a correr y sus primeros besos fueron robados al aire estaba muy cambiado, muy distinto, muy raro. 

Al perderse por las calles del centro, comenzó a sentirse como un forastero al que sólo le faltara un mapa y dos parchetones de color rojo en la cara para no perder el norte de su visita, haciéndose mil preguntas sin encontrar respuestas convincentes.

¿Qué le estaba pasando a esta ciudad que galopaba por las entrañas de su orgullo?

¿Por qué estaba enquistada en la desidia, en la dejadez, en el pasotismo,…? 

¿Cómo era posible que cuatro adornos de navidad mal puestos pudieran con las ganas de acoger la llegada del Hijo de Dios, ese que de una manera u otra se cuela en los latidos del frío y que da sentido al espíritu de la Navidad? 

Pero entonces, escuchó una zambomba, un almirez y una pandereta de palmas entonando villancicos en torno a una fogata de caminos, de roscos y de pestiños,… y suspiró al ver que aunque muchos no lo acepten, la verdadera navidad se vive al margen de decorados, de luces, de pista de hielo,…

Así que rebusquen en su interior… y salgan a buscarla…