Cada cuatro años


Todos los europeos mayores de dieciocho años estamos llamados a las urnas hoy domingo con la finalidad de votar a centenares de eurodiputados entre los distintos grupos parlamentarios.

No me pregunten para qué sirve un eurodiputado, pero a lo largo de estas últimas semanas los candidatos a vivir de ese cuento -esta vez en la vieja Europa-, han estado de campaña electoral en busca de nuestro voto, mendigando para ello promesas, suplicando ofertas irrechazables e implorando indicios de que con ellos la cosa puede y debe de ir a mejor.

Entre las premisas más aplaudidas por esos que van a los mítines a ondear banderitas ha estado la de crear empleo; creo que ninguno de esos que salen de figurantes en las fotos han saboreado el olor de una cola del INEM.

No suelo mancharme las manos hablando de política, es más, me asquea todo lo que tiene que ver con ese mundo corrupto y podrido, pero cada vez que me piden el voto me hierve la sangre.

Razones tengo para dar y regalar…

Por sus actuaciones estos señores dejan claro que el político nace, y que con el paso del tiempo se deshace: así, puede hacerse más rico, puede hacerse más sinvergüenza, puede hacerse más chorizo,…

Por sus discursos vacíos y sus miradas infectadas de dinero, de poder, de ambición,… se muestran al final del camino como miembros de una misma jauría de la cual antes podíamos distinguir sus collares, ahora ya no somos capaces ni de eso.    

Por su capacidad innata para engañar, traicionar, disfrazar una realidad que dista mucho de la que usted y yo vivimos en nuestras casas; será que las ventanas de sus amplios despachos tienen los cristales aún tintados.

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Qué pena de cobardía y de no enseñar los dientes para cambiar de raíz las cosas; si de verdad fuéramos valientes… otro gallo nos cantaría.