Lágrimas de Cocodrilo


                  El pasado miércoles, mientras me montaba en el coche para seguir con mi rutina de clases particulares, vi la realidad que nos consume.

Una hora antes, al poner mis pies a andar sobre la acera, detuve la mirada en el escaparate que tenía justo a mi izquierda, observando el desfile silencioso de unos cuantos maniquíes ataviados con trajes de comunión – horrorosos por cierto- esbozándose en mi cara una leve sonrisa.

Una sonrisa que surgió tras el pensamiento de que aún era demasiado pronto para visitar esta tienda pues todavía estamos digiriendo polvorones y turrones a la hora del postre.

Y mire usted por donde que, una hora después, para sorpresa de mis pensamientos – y de mis sonrisas-, allí estaban, en el centro de la tienda, presas de la situación y asintiendo a todo con la cabeza unas pequeñas que, en vez de estar jugando con sus muñecas y sus coches de capotas, estaban  las pobres rodeadas de varios familiares probándose trajes frente a un enorme espejo.

La situación me pareció cuanto menos chistosa y consiguió que me hiciera la misma pregunta de siempre: ¿de dónde saca la gente tanto dinero?

Dios me libre de indicarle a cada uno en qué debería de gastarse su parné,  pero creo que todos deberíamos de ser más consecuentes con lo que decimos y luego hacemos, aunque si algo estoy aprendiendo de esta puñetera crisis es que al ser humano le encanta llorar.

Puede que sea cierto eso de que no se tiene dinero, aunque en el fondo tengamos para pagar todos los vicios; puede que estemos con el agua al cuello, pero no nos privamos de nada; puede que haya familias que lo hayan pasado mal estas navidades, pero escucharemos sus lágrimas y sus lamentos ahora, una vez que todo está gastado y consumido,…

Todo seguirá igual mientras tengamos lágrimas de cocodrilos que secar.