lunes, 2 de diciembre de 2013

Zambombas en Jerez




Si alguien le preguntara al Hijo de Dios si estaría dispuesto a nacer de nuevo para redimir los pecados del Hombre, estoy seguro de que en esos momentos Jesús guardaría silencio, más que nada para no herir sensibilidades y así poder valer más por lo que calla que por lo que dice.

Pero si ese mismo alguien -antes de formular esa misma pregunta-, le dijera a Jesús por lo bajini que es jerezano, estoy seguro que éste buscaría de su altillo la cuna que su padre le hizo una noche con maderas de portalito oscuro, quitaría las telarañas y rogaría que le susurrara una nana de esas que hablan de caminos y hojitas verdes.  

Y es que, le pese a quien le pese, la Navidad en nuestra ciudad suena de manera especial.

Será cosa del compás, del duende o del embrujo; será cosa de los gitanos de Santiago o de los nacidos por San Miguel; tendrá alguna culpa la calle de San Francisco, esa que sólo por Diciembre se vuelve larga y serena,… pero algo se esconde en la forma de cantar estos villancicos que se han convertido en la verdadera seña de identidad de nuestro pueblo.  

Y así, habrá algún porqué para los dolores de la Micaela, habrá alguna razón para que los curas no vayan a las iglesias y habrá algún motivo para que los primos se sigan escapando a Roma en busca de un Papa y que éste los case bajo un repicar de campanas.  

Desde hace años en el cielo existe un papel con mis razones de por qué no me gusta la Navidad, pero suelo reconciliarme con ella al escuchar cómo se le da la bienvenida a este mundo a ese niño morenito como la canela y con la gloria recostada en su piel.


Así son las zambombas de Jerez, que le sobran hasta la tilde.