viernes, 11 de enero de 2013

Una lección de humanidad.




Dentro de la amalgama de secretos que uno susurra al aire para que éste vaya amasando la verdad de este simple escriba - el mismo que sigue persiguiendo el sueño de que alguien pasee sus labios por entre sus letras-, se encuentra alojado el de la ingenuidad que inunda mis sentidos al asomarse por Oriente la luna del 5 de enero.

Es la noche donde el frio apenas tiene cabida; donde los años no nos pesan cuando tenemos que inclinarnos tras un simple caramelo; donde las arrugas se esconden entre bolsillos cargados de envoltorios vacíos y de empujones cuando regresamos a casa, y donde las estrellas, esas que acompañan nuestros desvelos en cada madrugada, se nos antojan lejanas e inalcanzables cuando pretendemos enredarlas entre nuestros dedos con la intención de atarlas al filo de nuestra ventana con un gran lazo rojo.

Es a la única noche del año a la que no le atosigo con mil preguntas para que sus respuestas arropen a los silencios de mi almohada, puesto que realmente lo que quiero de ella es que se consuma, que huya, que se alinee apresuradamente con el alba para que pueda volver a ser ese niño que caminaba de puntillas a eso de las siete de la mañana y se acercaba hasta el salón para aspirar el aroma que habían dejado tres sabios que tenían el don de la ilusión recostado en las alforjas de sus leyendas.

Y desde este año esa leyenda, recostada sobre las alforjas de mi ilusión, me acompañaran de por vida cuando eche mis recuerdos a rondar por los pasillos de mi memoria y rememore lo que una comitiva de privilegiados vivimos ese día donde las caricias, las miradas inocentes y los canticos africanos apretaron los encajes de nuestras lágrimas para mostrarnos otra espera y otra realidad.

Desde que estaba sentado y presto para que me maquillaran, los nervios estaban haciendo de las suyas. Y por mucho que cerraba los ojos para colorear la postal que en breves momentos íbamos a vivir, el miedo a qué decir, a donde mirar y a cómo moverme enfundado en unos guantes negros estaba latente en mis huellas.

Pero ese mismo miedo se quedó sin respiración cuando mi paje me entregó el primer puñado de caramelos para dárselo en mano a un niño que estaba viviendo un verdadero cuento de hadas.

A partir de ese momento me dejé llevar. Abrí los sentidos y le arrebaté a la vida una de esas lecciones que cada uno de nosotros deberíamos de solapar a nuestro currículum oculto, ese que se rellena con tinta invisible, y que creemos que no sirve de nada.

Y sirve, claro que sirve, como sirven todas esas personas que trabajan en la sombra y de manera callada para que a miles de niños no les falte ese día un presente; y sirven para que puedan seguir dando de comer a decenas de indigentes a sabiendas que nunca se lo agradecerán; y sirven para que los latidos de algunos corazones se apaguen de manera sosegada y en buena compaña.

Oí decir una vez que para superar estos tiempos que corren nos vendría bien que de los cordeles del egoísmo también hondeara un poco de humanidad. Quizás va siendo hora de que me acerque a comprar más pinzas para ello.