
Acabo de llegar a casa, después de pasearte, y sigo pensando, que soy un afortunado por vivir en tí.
Destilas aroma de princesa por tus calles.
Enamoras al tiempo con el almíbar de tus labios.
Y en unas cuantas lunas, Dios volverá a cruzarse con sus pensamientos camino de su particular Calvario por los vericuetos de tus barrios.
Así eres.
Así te abres al mundo.
Así respiras.
Con esa manera tan tuya de arremangarte el vestido de la tarde para que el sol te bese las sombras. Sombras que te dibujan los perfiles de tu voz, de tus pucheros, de tus agobios a fin de mes… y que este simple juntaletras va tachando como un condenado desde que vino al mundo y lo bautizaron en tus costuras.
Y así vamos descontando días. Tu a tus cosas. Y yo a las mías… que también son las tuyas…
Pero de vez en cuando nos sentamos en el alféizar de la vida, y nos lamemos las heridas despacito, para que el vino no se despierte, para que el azahar no llore, para que la fragua no tiemble.
Y en medio del ruido, del ajetreo, de las prisas, tu me susurras al oído y yo caigo rendido a tus pies.
Y en medio de un silencio, de la mirada de un niño o del horizonte de tus fronteras, tu me ofreces tu mano y los dos paseamos sin reloj de pulsera.
Y en medio de un cielo cuajado de nubes, te pido, me das; te busco, me encuentras; te grito, me silencias.
El día que mi piel deje de respirar, a mis venas aun le quedarán un último paseo por tus hechuras.
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