domingo, 6 de septiembre de 2015

Perdónanos...



El cuerpo sin vida de un niño de tres años aparece varado en la orilla de una playa turística turca. Viste una pequeña camiseta roja que jamás volverá a ser envuelta en manchas de chocolate y las olas golpean en silencio un diminuto pantalón azul que se ha quedado con las ganas de ver a este inocente crecer.

A escasos metros de esta dramática escena, un policía -incrédulo ante lo que está viviendo-, se acerca hasta él para socorrerlo con la esperanza de que aún se pueda aferrar a un hilo de vida.

Demasiado tarde.

La barbarie humana ha vuelto a hacer de las suyas y ha firmado -con la sangre de esta inofensiva criatura-, un nuevo capítulo para enmarcar de nuestra mezquindad humana.

Pero esta vez tenemos una fotografía que ha recogido su último aliento, convirtiéndola en el símbolo del drama de miles de refugiados y despertando la voz interior de nuestras conciencias.  

Aunque algunos al verla hayan hecho lo que hacen siempre que se les muestra el horror y el salvajismo de nuestra raza: mirar para otro lado; los que hemos tenido agallas para detenernos en ella un par de segundos, masticamos impotencias y nos echamos las manos a la cabeza pensando si no habremos perdido el norte.

Pequeño Aylan, perdónanos, porque me temo que tu muerte habrá sido en balde; has zarandeado al mundo durante un par de horas, pero el mundo está demasiado pendiente de la Merkel, de la portería del Madrid, de la Panto y de la Esteban,…  

Pequeño Aylan, perdónanos por haberte arrebatado la infancia, las risas, tu primer beso; por no dejar que descubrieras que la vida es un regalo que se nos presenta sin envolver; por impedir que en esa playa levantaras castillos de arena… y no la fosa de tu propia tumba.    

Y pequeño Aylan,… allá donde estés… perdónanos porque no sabemos qué estamos haciendo.