lunes, 3 de febrero de 2014

Apretar los dientes


                  La vida, ese regalo del que no somos merecedores, se acuesta a los pies de nuestra cama siendo muy injusta en las noches de luna llena.

Algunas veces se pasea por entre suspiros y abrazos dejando un aroma de impotencia y de rabia a su alrededor, y se jacta de ir marcando cicatrices que tardan en curarse.  

Una de ellas acaba de nacer sobre la piel de Teresa.

A sus veintipocos años cumple con el mandato de perseguir su sueño yendo a una universidad fría y desangelada para graduarse -algún día-, como una abogada que pueda defender a los demás, sin que nadie la defienda a ella.

Hace eso que los profesores tanto demandan en los alumnos de hincar los codos, desde bien temprano hasta bien tarde, saliendo de su cuarto solo para respirar y para almorzar. 

Por su sangre lleva la constancia, eso don que tanto le envidio y que hace que sus notas, año tras año, la hagan sentirse orgullosa de sí misma y de sus innumerables esfuerzos.  

Y como premio a toda esa labor de formación y de educación el Estado ha tenido a bien el otorgarle una beca de 60 míseros euros.

Si no lo han leído bien, se lo vuelvo a repetir: ha recibido 60 euros.

Estimado señor Wert, me gustaría que abriera los ojos de una puñetera vez y que dejara de mutilar las ilusiones de los que como esta estudiante no se gastan el dinero de su beca en el Zara o en el Bershka porque aprendió de pequeña que dos más dos pocas veces son cuatro.  

Hay gente que nace con estrella y a ti a mí, querida Teresa, solo nos queda luchar para que no nos pisoteen, rezar para que nuestro Dios nos escuche y hacer lo que tu abuela y mi madre tanto nos enseña cada día: apretar los dientes.