lunes, 30 de abril de 2012

El espejo del Escribano


         La luz que envuelve mi habitación una mañana de domingo tamiza mis recuerdos, mis fobias, mis sueños. Se cuela por la ventana, con la cabeza agachada, acariciando cada latido, cada victoria, cada derrota que se dibuja en los garabatos de mi memoria.
Al mirarla cara a cara, la sombra que perfila sobre mi mesa me hace ver aquello que un día fui, aquello que actualmente soy y barrunta, sin decirme nada, aquello que algún día seré.
A medida que el tiempo va ganándole terreno al minutero, esa luz busca acomodo entre los lomos de mis libros, entre las añoranzas de mis fotografías, entre las hojas tintadas de quimeras, hasta que se posa en un viejo espejo, recubierto éste por arrugas y por moratones.
Es en ese espejo, cómplice de mis correrías y aliado de mis secretos, donde se van enmarcando mis días de vino y de rosas; días en los que las musas se arremolinan entorno a mis suspiros; días en los que la felicidad me pide consejo a mí; días en los que me siento el amo del mundo porque -por unos instantes-, el mundo detiene su rumbo ante mis pies.
Pero en ese espejo también se reflejan mis fracasos como persona, mis desilusiones como maestro, mis decepciones como amigo, mis desvelos como escribano, mis fallos como hijo, mis preocupaciones a media tarde, las limitaciones de mi espalda, la soberbia que a veces mastico, el orgullo con el que a veces guardo silencio, la prepotencia de mis actos, las pisadas de mis lágrimas, los malabarismos para llegar a fin de mes, las sonrisas que provoca el aire … y,  por mucho que quisiera obviarlo, la tristeza que envuelve mi alma cada vez que alguien deja de contar conmigo.
Hubo un tiempo en el que, cuando alguien visitaba mi casa, procuraba limpiar ese cristal con fuerza para evitar así que se vieran mis faltas, se palparan mis miedos o se sintieran mis ataduras. Pero a día de hoy, a sabiendas de conocer cuales son las huellas que han esculpido mis palabras, lo primero que enseño es ese cristal, rajado por la mitad y vencido por la añoranza para que se sepa, sin paños calientes, quien soy realmente.
A estas alturas del camino, no tengo que esconderme de nada, no tengo que estar agachando mis vergüenzas, no tengo que pisotear cabezas para alcanzar mi destino, no tengo que ir mendigando de puerta en puerta un trozo de gloria, no tengo que estar devolviendo favores a nadie pues mis cuentas ya están mas que saldadas.
Pero sigo sin aprender la lección, sigo cometiendo los mismos errores del pasado, sigo cayendo en la misma trampa de darlo todo para recibir sólo migajas, y no sé si es el momento de volver a coger el lápiz rojo para tachar el nombre de una nueva piel que cada tarde me ignora.
Reconozco que he cometido -y seguiré cometiendo- errores, que he tropezado con guijarros y piedras, que a veces la sangre que circula por mi cuerpo se vuelve caliente y egoísta,  pero créeme,  no soy tan malo como algunos de mis enemigos me quieren pintar, esos infelices que cada noche siguen arropando su existencia al abrigo de mi nombre. Y uno de los errores que jamás me perdonaría seria el verte alojado en ese armario donde se confunden sus sombras entre polillas y humedades.
Sé que el día menos pensado volverás; sé que en algún momento volveremos a fundir nuestras sonrisas entre abrazos; sé que estas sufriendo tanto como yo lo estoy haciendo, pero escúchame, el día que quieras volver a reflejarte en ese espejo junto a mí, sólo tienes que pasarte por casa. Ya va siendo hora de que sepas donde vivo, y no te preocupes, la puerta la dejaré encajada para ti.
Allí te estaré esperando.