El beso que no te dí.





















La mañana sorprendió a la luna
rebuscando entre las azoteas
la silueta de esa marea
que porfiaba con la dulzura.

A lo lejos se le intuía
impacientándose por dentro
pues, apenas le quedaba tiempo
al desvelarse un nuevo día.

Los vientos que la envolvían
con las nubes se conjugaron
y el reflejo de su grandeza le mostraron
a eso del mediodía.

Al resignarse a su suerte
solo pudo enarcar las cejas
y asumir la condena añeja
de no poder ir a verte.

En un rincón de tu capilla
depositó entre lágrimas de alegría
el beso que siempre te prometía
al separarse de ese rincón de Sevilla.

Pero un niño que por allí correteaba
se encaprichó de ese presente
esfumándose ese regalo, de repente
pues en sus manos se desgranaba.

Sin darse cuenta de lo que hizo
siguió jugueteando por Triana
sin saber que una promesa expiraba
y la luna -en silencio-, se deshizo.

Al acercarme a prender mi plegaria
en el talle de tu cintura,
envidié la inocencia de esa criatura
que ante tus plantas no temblaba.

Pues asistí como por tu semblante
una nueva pena te iba naciendo
que sin remedio, te iba consumiendo
como si fuerais dos alocados amantes.

Dudé que hacer en un principio
dudé si acercarme o no acercarme
dudé si besarte o no besarte
hasta dudé de si aquel era mi sitio.

Dudé si desvelar esta encrucijada
donde mi corazón dejó de latir,
de respirar, de soñar, de vivir
y todo, por acercarme a ver tu cara.

Pero las dudas buscaron exilio
cuando los argumentos huyeron
al sentirme como un marinero
pues sigues siendo mi delirio.

En el sosiego de tu pureza
comprendí el mensaje de ese guiño
ceñido a la sonrisa de ese niño
que agrandaba, mas si cabe, Tu belleza.

Vuestro amor es un amor invisible
una historia que crece con el tiempo,
un latido que se lleva el viento
un amor, a todas luces, imposible.

En silencio me aleje de tu mirada
tatuándome esa promesa entre mis venas
sabiendo que tu sombra ahuyentará mis penas
al alcanzar la orilla de tu posada.

Al volverme a casa me prometí
que perseguiría a la confidente de tus desvelos,
a la culpable de que cada diciembre, sobre un pañuelo
se sequen lágrimas al no sentirla por allí.

Y el beso que yo no te dí
me lo guardo para otra cita
pues pronto volveré a Triana, de visita
para revivir aquello que viví.

Pues, aunque me tiemble la piel al verte
y se erice el eco de mi voz,
sólo por ver a la Madre de Dios
vale la pena tenerte enfrente.