Aquella mañana.


Descubro mi alma ante la aurora
una mañana en la que el sol se desnuda,
me desprendo del egoísmo, y mis dudas
se escapan al sentirte a ti por unas horas.

Sólo pienso en tener fuerzas suficientes
para portarte por tus calles dignamente,
quizás este año me sonría la suerte
y pueda contar -¡al fin! que logré sostenerte.

Los nervios se desatan por mis venas
cuando alguien requiere mi presencia,
y al acercarme a ti, siento la esencia
que desprende tu figura serena.

Y al meter mi hombro bajo tu manto,
los anhelos y deseos deambulan inquietos;
intento centrarme, respirar, tomar aliento,
no puedo perder el paso de tu encanto.

En cada chicotá voy deshojando mis días
y me descubro cuando te tengo enfrente,
mi mirada de la tuya se muestra pendiente
la tuya hacía la mía por fin es correspondida.

El cansancio en mí se hace presente,
las fuerzas que ayer tuve se van gastando,
la tristeza en mi rostro le va ganando
el pulso a mis ganas de servirte siempre.

La luz de tu capilla de nuevo te ilumina,
el esfuerzo de tus hijos se torna en sonrisas,
el tiempo se detiene, ya no hay prisas,
volveré a buscarte en tu capilla.