domingo, 7 de octubre de 2007

Las cuentas de mi Rosario





Dejaste la puerta de tu pequeña iglesia entreabierta, y sé que la dejaste así adrede; sólo lograba verte de perfil, pero el susurro de tu voz hizo que esa puerta se abriera, invitándome a hacerlo de frente.

Indeciso y casi de puntillas acepté Tu invitación, sentándome, eso sí, en uno de los últimos bancos. Ya tendríamos tiempo de ir cogiendo más confianza.

No sabía muy bien lo que iba a decirte. Tampoco sabía muy bien lo que Tú me responderías, así que dejé que el silencio se adueñara de nuestro encuentro; de esta forma comencé a observarlo todo: observé tus bancos, tu altar, tu pedestal; observé tu rosario, tu manos, tu boca... hasta que mi mirada se detuvo en la tuya, convirtiéndose, desde aquel día, en el faro que guía el rumbo de mis pasos cuando en el horizonte de mi vida se atisban temporales.

Así fue como nuestra historia comenzó, discreta y pausadamente. Una historia en donde las miradas se buscan y las palabras sobran. Para escuchar al corazón, uno tiene que guardar silencio, escuché decir una vez. Para desnudarse el alma, solo basta con tenerte delante.

Mañana por la tarde serás Tú la que navegues entre un mar de miradas que te buscarán cuando se abran las puertas de la Catedral para convertirte, como cada año, en la Reina del Beaterio. Te buscarán tus pequeños, se alegrarán tus mayores, la gente de abajo se esforzará como nunca, se te acercarán los curiosos, las Hermanas lucirán las sonrisas engalanadas de saber qué, por unas horas, están compartiendo lo más grande que Dios les ha regalado,... todos pendientes de Ti. Y yo...

Pues yo te buscaré por cada esquina que perfumes en tu recorrido, me acercaré a Ti y te miraré de mil formas, y de mil formas distintas te fotografiaré, guardando silencio para que nuestros corazones hablen.

Mañana, cuando vuelvas a pasearte por las calles, te compartiré con el Jerez más cofrade, con ese que entiende que las cosas que se hacen desde la humildad y el cariño son las cosas que de verdad merece la pena vivir. Búsquenla por Pozuelo o por Latorre, o véanla cuando llega a su colegio. Pero sólo os pido un favor: mañana, si os acerquéis a verla, hacerlo de la forma más simple, en silencio, y dejaros llevar por el embrujo de su mirada; si alguien es capaz de aguantársela, es que no es de este mundo. Os espero.